martes, 2 de noviembre de 2010

Ellos

        Para ella, la una de la madrugada era esa hora con gusto a menta. Una hora en la cual se puede respirar mejor porque su marido ya se encerró en la telaraña inflada de su sueño de chancho. Sin embargo, no podía esconder que toda su vida se asemejaba a un papel sucio que necesitaba ser arrugado y tirado bien lejos. Era su vida el papel más arrugado del mundo.
Miraba aquella panza reposada en los brazos de la noche junto a unos tatuajes arrugaditos y viejos. Lo escuchaba respirar de manera absurda, sin saber que ella lo espiaba y sentía un asco mayúsculo que supuraba desde el fondo de su alma. Era feo, pelado y con una nariz peluda, semejante  a esos agujeros en la pared que guardan una pequeña arañita. Sus piernas flácidas de oso polar sedentario se movían de repente, mientras una mano tapada de venas rascaba un testículo por encima de un ordinario calzoncillo amarillento. Para él, esa vaca  tendría que haber sido sacrificada hace ya mucho tiempo.
Era una vaca lechera que ya no daba más leche, pero que pateaba un balde lleno de la misma. Quizá era la leche que a él se le fue juntando por la vecinita de al lado, aquella morochita que salía a tirar la basura todas las mañanas, mientras él mateaba en el pequeño balcón.
Salía con un pantaloncito ajustadito que le dejaba a la vista una parte de sus caderas. Cuando ella salía y se agachaba para soltar la bolsa plástica, él chupaba con más fuerza la bombilla. Su mujer estaba a su lado con ese olor a crema rancia que ya la caracterizaba. Era esa porquería que se pasaba antes de dormir, con la sublime esperanza se levantarse algún día y estar menos vaca y un poco mas mujer.
Ella se había dormido, pero él permanecía quieto y hasta con cierto asombro. Sintió una arcada en la noche cuando potó por rascarse el huevo derecho que tanto le picaba.
Desconfió por un rato y luego siguió pensando en silencio. –“Las vacas no entienden nada, por más despiertas que puedan llegar a estar”-
Miró las tetas por debajo de las sábanas y una barriga femenina que tenía la curiosidad de un chimpancé. Sus manos viejas y con uñas descascaradas como un trozo de cartón con restos de la marca de algún producto en oferta. A poco rato ella gimió y él se tapó los oídos para no tener que ver nada. Ya estaba harto de espectáculos grotescos.
A ellos, les pareció horrible compartir la misma cama y el mismo desierto. Cerraron los ojos, se abrazaron y navegaron juntos hasta la mañana siguiente.


EDUARDO RAPHAEL FICHER
Rivera-Uruguay