Caminaba con dificultad, transpiraba gotas gruesas y sus puños cerrados reflejaban su estado tenso. Las calles estaban desiertas. Su cuerpo estaba frío y por más que intentara no lograría revelar su voz. Estaba hecha nudo en su garganta. Caminaba sin saber por qué ni hacia dónde. Nadie se encontraba por allí para tenderle la mano y servirle de lazarillo. A pesar de lo extraño de la situación, no existía desconcierto. El caminar le parecía agradable, y lo pesado que sentía su cuerpo le resultaba un poco incómodo. Algunas veces al año, desde su infancia, esta experiencia se repetía. Forzosamente se había acostumbrado. Dos cuadras y estaría en casa. Tendría que regresar sobre sus pasos. Sentía el frío de las paredes que tocaba con sus manos, muros agrietados que le permitían asegurar su ubicación. Mientras caminaba reconociendo grietas, evitaba aberturas abismales, un golpe fuerte y algunos huesos rotos. Le gustaba la soledad y haría todo por preservarla. No quería visitas inesperadas en la cama de un hospital con olor a medicina. El picaporte estaba congelado, trescientos once era el número de puerta. Lo recordaba. Un olor nauseabundo invadía el monoambiente, los muebles estaban rotos, canillas goteando y un reloj estropeado por el tiempo colgaba en la pared opuesta. El balde que funcionaba de excusado estaba inmundo, moscas y gusanos adornaban las porquerías arrojadas por su cuerpo. Una tarta de manzana podrida decoraba el pedazo de tabla que le servía de mesa. En los rincones predominaban telarañas con cucarachas muertas como detalles de un vestido. Pobre, maloliente, dientes desperfectos, manos arrugadas, uñas largas y roñosas. Prácticamente no hablaba, pues ya no tenía con quién. Nadie se preocupaba por su existencia, la vida ya no le preocupaba como antes. Al llegar a casa, sus manos excesivamente nerviosas acariciaban los objetos del entorno. Su olfato excesivamente agudo, materializaba los objetos de su memoria. Depositó sus nalgas en restos de una silla, extendió sus manos en dirección a la tarta de manzana y comenzó a comerla sin inmutarse. Una escena asquerosa para quien no está acostumbrado. Una cena deliciosa para quien tiene hambre y cuya única opción es esperar. El tiempo parecía no pasar en aquella habitación, el reloj lo demostraba junto a un calendario atrasado. Temblando de pies a cabeza, imágenes repugnantes invadían sus recuerdos. Dolores, lenta recuperación y su posterior temor a una sala con paredes, camas y sábanas blancas. Rostros, manos, piernas, ojos, mareos, vómitos y desvanecimiento. Una mano acariciaba su frente, era suave y fría, como emigrante del polo. ¡Era tan incomprensible! La voz comenzó a ascender de forma intolerable, sus oídos ya no podían soportarlo. Convulsiones asaltaron su cuerpo, la ceguera fue dando paso a una visión limitada y trastornada, pues no podría ser de otra forma. Grandes moretones decoraban sus brazos y piernas, y las cicatrices de su espalda empezaron a sangrar incansablemente. Recorría un largo pasillo, ratas y carne humana adornaban el escenario. Alguien seguía sus pasos de cerca. Sentía su presencia. Sentía los azotes que le propinaba, sentía como se le hinchaba uno de los ojos. Sentía dolor. Su cuerpo comenzó a emanar un fuerte olor a podrido. Ya no le acariciaba la frente, y de un rostro indefinido se desprendía una sonrisa sarcástica y melancólica. Claveles entraban por la única ventana de su habitación. Una enorme pelota de fuego comenzó a recorrer su abdomen, hasta desvanecerse. El olor a podrido y a quemado, era excitante y aterrador. Su cuerpo se elevaba del piso y aquello me atemorizaba.
Cuando desperté, alguien quemaba sus entrañas.
Cuando desperté, alguien quemaba sus entrañas.
PABLO BARRIOS
RIVERA-URUGUAY

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